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Nombre: La señora de la terapia
Hora: 9 am
Día: Lunes
Lugar: Barrio San Martín

Una vez recogí una señora que se encontraba en silla de ruedas fuera de su casa. La señora me pidió que la ayudara para poder subirse en el taxi. Era de unos 74 años y me solicitó que la llevara al Hospital Universitario. En su casa al parecer sólo vivía con un hijo quien se encontraba casado con una joven y ambos trabajaban todo el día, así que durante ese tiempo, nadie se hacía cargo de ella.

Sin pensarlo, la subí al carro y me dispuse a llevarla. Me dijo que durante tres veces a la semana tenía que ir a una terapia para sus problemas de artritis que la tenían inmóvil en una dañaba silla de ruedas.

La llevé hasta el hospital, la ayudé a bajar y la conduje hasta el consultorio. Ahí me despedí de la señora, me canceló la carrera con unas monedas que buscó en una pequeña bolsa plástica y me agradeció los favores, y solicitándome otro me agarró uno de mis brazos con la poca fuerza que en su mano tenía. Sería que dos días después la recogiera en el mismo lugar para que la llevara a las terapias y que me pagaría lo mismo, así le tocara conseguir prestado.

Sus ojos rojizos y tristes, me conmovieron y me hicieron reflexionar en la vida. Entonces desde ese día, decidí llevarla de su casa al hospital y luego ir media hora después para llevarla del hospital a su casa, sin cobrarle un solo peso por mí trabajo. Lo hice como una buena obra de caridad que la vida me puso en frente.

Pensé que si destinaba un poco de mí tiempo y hacía esta clase de favor sin nada a cambio (económico), tal vez recibiría mejores cosas en la vida. Las retribuciones me llegarían por partida doble. Así es como se debe actuar, el dinero no lo es todo en nuestras vidas, las satisfacciones personales las podemos encontrar en situaciones completamente distintas al metal.


Continuará…

 


 

 

Nombre: Una carrera por una cerveza
Hora: 4 pm
Día: Jueves
Lugar: Barrio Cándido

Llamaron al radio teléfono del taxi para solicitar un servicio en un barrio del oriente de la ciudad. Ofrecí mi carro para estar en siete minutos, ya que estaba algo cerca de la residencia que lo había pedido.

Cuando llegué una señora alta y robusta me abrió la puerta, me pidió el favor de cargarle unas bolsas que se encontraban en la cocina. Amablemente acepté y enseguida subimos al taxi. Me pidió que la llevara al barrio Cándido. Luego de 15 minutos llegamos al lugar, busqué la dirección y me detuve frente a la puerta.

De nuevo la señora me pidió que le colaborara bajando las bolsas plásticas y entrarlas a la casa. Al parecer no había nadie, entonces ella me dijo que me sentara y si quería tomarme algo. Sin ningún problema le pedí un poco de agua, pero ella se echó a reír y me dijo que si mejor me tomaba una cerveza. Inmediatamente le respondí que me encontraba trabajando y no podía hacerlo.

Tal vez pareció no entenderlo y se dirigió a la cocina, abrió la nevera y sacó dos latas de cerveza, las destapó sin darme chance de negarme y me hizo sentar en un sofá viejo y empolvado. Luego de entrar y cerrar la puerta de la casa, se me sentó al lado y empezó a preguntarme si era casado, si tenía hijos. A lo que respondí que si siempre. Ella se reía y me daba golpecitos con su mano en mi hombro.

Fue ahí entonces cuando empecé a incomodarme; yo bebía sorbos muy pequeños de cerveza, pero ella casi sin respirar acababa con la suya. Luego se paró y fue de nuevo a la nevera a sacar otras dos, y antes de eso le dije que no había terminado la mía. Ella sin embargo destapó ambas latas.

Era como de unos 45 años, alta, elegante pero nada atractiva, tenía una cara de mujer bonachona que al parecer había sufrido mucho con los hombres. Un cabello maltratado y unas uñas sin cuidado, me daban esa impresión.

Cuando pasaron unos 15 minutos de escuchar sus preguntas, sus carcajadas, me empecé a incomodar y traté de levantarme para irme. Ella con más confianza me agarraba de la mano y me decía que no me preocupara que me iba a pagar por todo el tiempo que estuviera allí.

Fue en ese momento cuando presentí que la cosa se ponía ‘peluda’ y que la señora se estaba pasando. Exacto, rato después la señora empezó a llorar y me confesó que no tenía como pagarme la carrera, pero que le gustaba mucho, le parecía un hombre atractivo y otras cosas más.

Salí corriendo despavorido, acosado por la señora ni me preocupé por la paga de mi trabajo…


Continuará…

 


 



 
 
 
 


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